Por Sheila Estrada, 22 años, Colombia
Desde que tengo memoria, siempre visitaba neumólogos y alergólogos buscando una solución a una condición que parecía no tener fin. Cuando somos niños, no entendemos muchas cosas, y yo solo vivía confundida, tratando de entender qué me pasaba. No recuerdo mi vida sin asma, pero sí recuerdo esa bolsa en mi habitación llena de inhaladores. También recuerdo las visitas a los hospitales porque no podía respirar, sin entender qué me estaba pasando. Los hospitales, los médicos y esas pruebas en las que tenía que contener la respiración después de inhalar salbutamol quedaron grabados en mi mente. Después de salir de los hospitales, siempre me preguntaba: ¿Seré una "niña normal"? En ese momento, lo único que podía pensar era que todos los demás niños podrían jugar, correr y reír, mientras yo los observaba desde lejos, porque si corría, no podría respirar.
También recuerdo visitar mucho la casa de mi abuela, un lugar lleno de amor, pero donde también me enfrenté a otro gran problema: la quema constante de hojas de árboles y desechos plásticos. En Colombia, lamentablemente, es muy común quemar muchas hectáreas de árboles y sus hojas, especialmente en zonas rurales y pequeñas comunidades. Este hábito genera un humo denso, cargado de partículas tóxicas y contaminantes que afectaron gravemente mis pulmones. El humo me dificultaba la respiración y me acercaba cada vez más a un ataque de asma, lo que obligó a mis padres a actuar con rapidez para encontrar un pañuelo húmedo para cubrirme la cara y evitar que mi condición empeorara. Recuerdo esos momentos con miedo y angustia, pero también con gratitud por el cuidado de mi familia. Esta realidad se sumó a la lucha constante que ya tenía con mi salud y me hizo sentir aún más vulnerable.
Años después me mudé a Cartagena, Colombia. Vivía en dos casas, ambas junto a una carretera. Mis ataques de asma aumentaban sin saber por qué, y cada día dependía más del montelukast y, si no funcionaba, usaba el inhalador, pues ya sabía qué tomar debido a mi infancia. Solo consultaba a médicos, pero siempre tuve la esperanza de que la afección desapareciera sola. Hoy sigo esperando ayuda; soy Sheila Vanessa Estrada Mesa y he vivido con asma y alergias desde que tengo conciencia. Estudio en una zona industrial cerca de la refinería más grande de Colombia y de grandes empresas donde, segundo a segundo, se emiten a la atmósfera una gran cantidad de compuestos tóxicos que afectan principalmente a la población vulnerable, incluyendo a personas asmáticas como yo.
La contaminación atmosférica no solo dañó mis pulmones, sino que también me enseñó lo vital que es proteger nuestro medio ambiente y luchar por un aire más limpio y saludable. No solo para mí, sino para todos los que, como yo, hemos vivido con esta realidad desde la infancia. Esa bolsa de inhaladores contenía más que solo medicamentos: contenía mi historia, mi lucha y mi esperanza de un futuro donde respirar no sea un privilegio, sino un derecho.

Estudio en una zona industrial cercana a la refinería más grande de Colombia y cerca de empresas muy grandes donde, segundo a segundo, se emiten a la atmósfera una gran cantidad de compuestos tóxicos que afectan principalmente a la población vulnerable, entre ellos las personas asmáticas como yo.
Sheila Vanessa Estrada Mesa, 22 años, Colombia